Una encuesta reciente evidencia lo que ya es palpable en las calles: mientras el presidente Javier Milei celebra el “logro” de una inflación del 2,8% en abril, la mayoría de los argentinos sigue profundamente afectada por la suba constante de precios. Lejos de los festejos libertarios, más de siete de cada diez personas aseguran que la inflación impacta gravemente en su vida cotidiana.
La consultora Zubán Córdoba reveló que el 57,7% de los encuestados dijo sentir un impacto “muy fuerte” en su economía familiar, y otro 21,9% lo percibe como “moderado”. Solo el 15% cree que los precios están bajando, y un abrumador 83% sostiene lo contrario. Incluso dentro del electorado que votó por Milei, el descreimiento es evidente: ni su base dura compra el relato de que “la inflación está cayendo”.
¿Un dato para festejar?
El Gobierno vendió el 2,8% de inflación como un éxito rotundo, a pesar de que sigue siendo una de las más altas de los últimos siete meses. Peor aún, la inflación núcleo —que excluye precios estacionales— fue del 3,2%, igual que en marzo. En otras palabras: no hay desaceleración real, y la supuesta baja no se siente en góndolas ni en bolsillos.
La reacción de Milei ante este número fue tan eufórica como desubicada: “A los que tengan ganas de divertirse les propongo que armen el archivo de mandriles”, escribió en sus redes, burlándose de periodistas y analistas que habían estimado una inflación superior. Esta conducta no solo ridiculiza a quienes ejercen el periodismo económico, sino que alimenta la intolerancia desde lo más alto del poder político.
Ajuste salvaje, salarios por el piso
El verdadero drama está en lo que no se dice desde el Salón Blanco: los salarios están siendo deliberadamente pisados por presión del Gobierno nacional. La intervención directa en paritarias como la de Comercio, UOM y Alimentos demuestra que se busca sostener este “éxito” inflacionario sobre las espaldas de los trabajadores. Empresarios admiten que reciben “sugerencias” para no otorgar aumentos mayores al 1%, cuando la inflación mensual triplica esa cifra.
En otras palabras, el “modelo Milei” no baja precios: baja sueldos. Y lo hace en un país donde ese 2,8% mensual equivale a la inflación anual de muchos países vecinos.
Entre aplausos y realidades
Mientras Milei festeja solo desde el balcón, la gente ajusta cinturones. La inflación no solo no bajó, sino que se volvió una trampa que empobrece aún más a los sectores vulnerables y a las clases trabajadoras. La recesión es profunda, el consumo cae, los servicios se encarecen y los salarios se licúan.
La pregunta es: ¿cuánto tiempo más se puede sostener este “relato de éxito” mientras la mayoría de la población no puede llegar a fin de mes?
