Se reedita otra edición del Superclásico, un partido con infinitas historias por contar.
No pueden vivir uno sin el otro. Cuando juegan River y Boca o Boca y River el fútbol se convierte en otra cosa. Van más allá del deporte. Son una ceremonia que le interesa al mundo. Aún en tiempos de imágenes en vivo, los medios de otros países viajan a Buenos Aires porque quieren sentir en la misma cancha lo que pasa en el Superclásico, que este domingo jugará su edición oficial número 266. Puede ser en la cancha de River, la más lujosa de todas; o en La Bombonera, que late. Esta vez, será en el Monumental.
Ahora sin visitantes, los hinchas locales colman el escenario. Hay sobreventa de entradas, demasiada manija previa y nuevas formas de festejar intentan el estilo europeo: humos con los colores del dueño de casa, música, banderas en las tribunas y en la cancha. Y fuegos artificiales si gana el local. Fanatismo -a veces peligroso- sin fin.
Pero hubo otros tiempos en que apenas eran juntaban once contra once, cuando River y Boca se proyectaban en un fútbol incipiente, sin canchas ni arcos fijos. Y hubo además otros tiempos en los que había locales y visitantes que se devolvían ingenio a través de cantos de hinchadas. En el fondo de los tiempos, con cargadas que hoy sonarían naif; después, con amenazas que se concretaron.

El fútbol llegó por barcos y trenes. Los primeros clubes eran ingleses; incluso uno de la elite argentina: GEBA. Pero los que tomaron impulso con el comienzo del Siglo 20 fueron los criollos. Jugadores e hinchas que se hacían de abajo, desde el barrio y desde el barro. Estudiantes de Buenos Aires, Atlanta, San Lorenzo y, claro, River y Boca, entre tantos. Esos clubes denominados criollos crecían “con la ayuda de sus socios, gente de los barrios que en realidad eran nuevos habitantes que recién se empezaban a identificar con éstos. Ocurre que, si bien mantenían el ideal asociacionista de los inmigrantes, todavía no tenían una identidad vecinal; apenas se empezaban a unir en sociedades de fomento para conseguir lo que les faltaba (alumbrado público, empedrado, cloacas, etc.). En ese sentido, los clubes de fútbol criollos actuaron como factor clave de unión; consolidaron los dos conceptos que luego se relacionarían íntimamente con el de barrio: el sentimiento y el territorio”, escribe Leonel Contreras en su libro Reina del Plata – Breve historia de la Ciudad de Buenos Aires desde Pedro de Mendoza hasta nuestros días (Planeta).
Andrés Burgo, periodista e hincha de River, recuerda en su flamante Este es el famoso River – 125 años (Planeta) que los dos más grandes de nuestro fútbol se formaron en La Boca. Pero River tuvo que mudarse en 1907: “Una publicación en el Boletín Oficial por pedido del Ministerio de Agricultura y la Dirección del Puerto nos conminó a dejar la Dársena Sur para que una empresa, luego conocida como Swift, que tenía su embarcadero en el dique 1, pudiese alojar en nuestro terreno al ganado que luego sería subido a los barcos para exportación. Aunque buscamos baldíos por La Boca, nos tuvimos que trasladar a Sarandí, que quedaba lejos geográfica y sentimentalmente. Los primeros hinchas que habían empezado a seguirnos en la Dársena dejaron de acompañarnos tras la mudanza al partido de Avellaneda”. Un año después, River regresaría a esa cancha cuando los dirigentes descubrieron que la futura Swift no había ocupado los terrenos. Se quedaron, apodados como Darseneros, hasta 1913, cuando volvieron a ser desalojados. Alquilaron el estadio de Ferro, en Caballito, y entre 1915 y 1922 volvieron a La Boca. Los de Boca, que tampoco estaban en la ubicación actual, jugaban a tres cuadras.
Después River se volvió Millonario, por inversiones en jugadores y por barrio. Primero Recoleta y luego Núñez. El dirigente Antonio Vespucio Liberti apostó por instalar la nueva cancha desde 1938 en lo que era el Hipódromo Nacional de Belgrano. Se inauguró con forma de herradura con todos los lujos: capacidad para 100.000 populares y 12.000 plateas.

En tanto, 1940 fue el año de la actual Bombonera. “Hoy es un estadio mítico, destino obligado para muchos de los turistas que arriban a la ciudad. Sus tribunas empinadas (situación que se debe al escaso terreno en el que ha sido construido) se encuentran muy cercanas al campo de juego, lo que genera una sensación de presión que muchas veces ha influido de manera negativa en los jugadores rivales”, refiere Contreras.
Pero Boca tampoco tuvo lugar fijo en sus inicios. La primera cancha, en la Dársena Sur, en una laguna rellenada. Después, en la isla Ingeniero Huergo; y más después en otro terreno cedido por el gobierno nacional en la isla Demarchi y luego en Wilde. Recién en 1916 pudo volver al barrio, en Pérez Galdós y Ministro Brin. En 1922 se mudó a un terreno propio en Brandsen y lo que hoy es Del Valle Iberlucea.
“La nueva cancha -cuenta Martín Caparrós en su Boquita- se inauguró el 6 de julio de 1924, con un amistoso contra Nacional de Montevideo: 2 a 1. Dicen que la palabra ‘bostero’ nos viene de ahí: porque al lado de la cancha había una fábrica de ladrillos donde usaban bosta de caballos como combustible -y que el olor era tremendo. De todas formas, en esos días y por muchos años, sólo nuestros enemigos nos decían bosteros. La nueva cancha, con o sin bosta, era la más grande de Buenos Aires: en sus gradas de madera cabían veinte mil espectadores”.

Caparrós recuerda también que el primer partido entre River y Boca se jugó “en agosto de 1908, en una fecha libre de sus torneos: Boca Juniors ganó 2 a 1, y no se sabe mucho más (…) Y después siguieron cruzándose muy poco”. Y agrega: “El primer partido oficial entre los dos recién se jugaría el 24 de agosto de 1913, en la cancha de Racing: ‘Por primera vez se enfrentaron los vecinos de la Boca. El partido, que estaba anunciado para las 2.30 de la tarde, comenzó una hora después, originando esta demora protestas del numeroso público’, decía al día siguiente la crónica de La Prensa -el diario más importante de aquel país-”. River ganó 2 a 1.
Sobre el primer encuentro entre ambos, el periodista Alejandro Fabbri cuenta en su libro Clásicos que el autor de los goles fue Rafael Pratt, nacido en Gibraltar. En ese mismo libro, Fabbri agrega que la “nueva división del fútbol argentino a mediados de 1919 los ubicó en entidades bien diferenciadas. Boca se mantuvo en la Asociación Argentina y River fue uno de los impulsores de la flamante Asociación Amateurs, por lo que no se enfrentarían hasta 1927, cuando se realizó la unificación. River ganó un único campeonato durante esos años, en 1920, cuando ya no se podía enfrentar contra Boca porque militaban en organismos distintos. Lo mismo ocurrió con Boca, que obtuvo los torneos de 1919, 1920, 1923, 1924 y 1926”.
Fabbri destaca que siempre hubo jugadores que cruzaron de vereda. En 1915, Francisco Taggino dejó Boca para irse a River; y un año después, Alfredo Elli se pasó de River a Boca. Pero ninguno de esos cambios generó tanta bronca como el que protagonizaron en los 80 Oscar Ruggeri y Ricardo Gareca, que dejaron Boca para, conflicto mediante, pasar a River. No se lo perdonan, todavía, el escritor Martín Kohan ni el periodista Ricardo Cohen, quienes en su libro Desde La Boca – Cuando lo extraordinario se vuelve normal (Seix Barral) escriben sobre Ruggeri: “Todavía mendiga, por televisión, y porque participó de la obtención del único título mayor de ese otro club, un reconocimiento que nunca tuvo y por lo visto nunca tendrá. Protesta amargamente por esa ingratitud terrible, como si no se la hubiese buscado”.
El Superclásico da para tanta memoria que hasta Eduardo Galeano lo mencionó en su El fútbol a sol y sombra: “El arquero argentino Amadeo Carrizo llevaba ocho partidos con su valla invicta, gracias a los poderes de una gorra que tenía puesta a sol y sombra. Aquella gorra exorcizaba a los demonios del gol. Una tarde, Ángel Clemente Rojas, jugador de Boca Juniors, le robó la gorra. Carrizo, despojado de su talismán, recibió dos goles, y River perdió el partido”. Y agrega: “Creo que fue Osvaldo Soriano quien me contó la historia de la muerte de un hincha de Boca Juniors, en Buenos Aires. Aquel hincha se había pasado toda la vida odiando al club River Plate, como correspondía, pero en el lecho de agonía pidió que lo envolvieran en la bandera enemiga. Y así pudo celebrar, en el último suspiro: -Muere uno de ellos”.
Hubo partidos y jugadores inolvidables. Como el de la pelota naranja, cuando River festejó título en La Bombonera con dos goles de Norberto Alonso. O los goles de Martín Palermo, recién recuperado de lesiones. Hubo cargadas de gallinita por parte de Carlos Tevez y tapada de nariz ante la hinchada de Boca por parte de Matías Almeyda.
No faltó violencia. Está la fatídica Puerta 12: más de 70 muertos a la salida del Monumental en 1968. Nunca se esclareció del todo que pasó aquella tarde con los hinchas de Boca. En los 90, después de que River ganara 2 a o en cancha de Boca, unos barras locales esperaron el paso de un micro con hinchas visitantes y abrieron fuego. Mataron a dos. Unas horas después, por televisión, alguien dijo que habían empatado 2 a 2: dos goles por parte de River, dos hinchas “ajusticiados” por parte de Boca.
En vano, discuten aún cuál de los dos es el más grande. Los de Boca dicen que son ellos porque nunca descendieron. Los de River aducen que eso del descenso fue equilibrado porque ganaron la final de la Copa Libertadores que, inesperadamente, se jugó en Madrid a fines de 2018. 60 mil personas, Bernabéu repleto de argentinos, españoles y de hinchas de otros países europeos. Una muestra de que el Superclásico va más allá de nuestras fronteras.
Hincha de Rosario Central, Roberto Fontanarrosa se maravilló con equipos gallinas y bosteros. Contó que admiraba al River de Labruna y al Boca de Valentim. Elogió al Boca de 1970 que le ganó 2 a 1 a su Central en la final del Nacional, en cancha de River. No escatimó elogios para los River de los 70, con Alonso y tantos más; ni para el Boca del 81, campeón con Diego Maradona, Miguel Brindisi y Hugo Perotti. Escribió maravillas sobre el River de Ramón Díaz y el Boca de Bianchi.
Los de River dicen todavía que su grandeza también está en que tienen más títulos locales. Los de Boca contestan con los internacionales. Los de River devuelven que la Selección argentina tuvo base en Núñez. Y los de Boca, que nada se compara con haber tenido al más grande: Diego Armando Maradona.
Fue justamente Diego quien logró, para la eternidad, que dos hinchas de Boca y River se abrazaran y lloraran su muerte a metros de la Casa Rosada, donde lo velaban. Las imágenes recorrieron el mundo. Es que, como debe ser, a veces el fútbol no se equivoca y los opuestos se encuentran, entienden que uno no puede vivir sin el otro.
