En una carta ante la ONU, el gobierno de Xi Jinping tildó la posición nipona de “extremadamente peligrosa” y avisó que defenderá su soberanía. Takaichi no se rectificó y reiteró su disposición a movilizar fuerzas japonesas para respaldar a los separatistas.
En Beijing, la alerta es máxima: por primera vez, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Japón contempla abiertamente una intervención militar por Taiwán. La amenaza de la jefa de Estado, Sanae Takaichi, sobre el posible envío de tropas a ese territorio centraliza la agenda política china y la ausencia de rectificación aviva aún más la tensión. Ante el mayor conflicto bilateral en décadas, el gobierno de Xi Jinping reaccionó por tres frentes: presión comercial, reclamos diplomáticos y advertencias públicas. La última medida fuerte fue la presentación de una carta ante las Naciones Unidas, en la que condenó la postura nipona y dejó una contundente advertencia: en caso de agresión, “China ejercerá su derecho a la autodefensa y protegerá su soberanía”. El aviso, por el momento, no hizo mella en Takaichi, quien ratificó sus expresiones militaristas.
La idea de que “una contingencia en Taiwán es una contingencia para Japón” no solo representó un mensaje intimidatorio para el gobierno de Xi, sino también una provocación a su pueblo en un asunto sumamente sensible. Beijing considera a Taiwán como una parte inalienable de su territorio y reclama su reunificación desde 1949. Por eso denuncia que las palabras de Takaichi “desafían abiertamente sus intereses fundamentales”, además de constituir “una amenaza de uso de la fuerza contra China”. Así lo expresó el representante chino ante la ONU, Fu Cong, en una misiva entregada al secretario general, António Guterres. En el texto, distribuido a todos los Estados miembros del organismo, se tildó la posición nipona de “extremadamente peligrosa” y de “violar las normas básicas que rigen las relaciones internacionales”.
A dos semanas del estallido de la crisis diplomática, la ultraderechista –aliada de Donald Trump– no muestra indicios de marcha atrás; por el contrario, reiteró su disposición a movilizar fuerzas niponas para respaldar a los separatistas de Taiwán. Abordada por la prensa en el Aeropuerto de Haneda, antes de partir hacia el G20 de Johannesburgo, la primera ministra afirmó: “En una situación que amenace la existencia de Japón, el Gobierno adoptará una decisión integral con toda la información disponible y las circunstancias concretas”. Y completó: “He reiterado esta posición repetidamente. La línea del Ejecutivo no ha variado ni un milímetro”. De esta forma, Takaichi sostiene que una eventual operación militar de China para recuperar el control político de Taiwán representaría una amenaza para Japón y justificaría su intervención. La intransigencia de Tokio coloca a Beijing en una disyuntiva: ignorar la amenaza para desescalar el conflicto o insistir en su rectificación y profundizar la disputa con la segunda economía de Asia.
El gobierno de Xi Jinping, por el momento, insiste en que si Takaichi “desea verdaderamente una relación estratégica y de beneficio mutuo, debe corregir de inmediato sus pronunciamientos erróneos”. El mensaje, sin embargo, no interpela a la jefa de Estado. “Pese a las repetidas gestiones y protestas de China, la parte japonesa se niega a arrepentirse o retirar sus afirmaciones incorrectas”, manifestó el Partido Comunista ante la ONU y remató con una contundente advertencia: “Si Japón se atreviera a intentar una intervención armada en la situación a través del Estrecho, sería un acto de agresión. China ejercerá de manera resuelta su derecho a la autodefensa, conforme al derecho internacional, y defenderá firmemente su soberanía e integridad territorial”.
En la misma línea, el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, afirmó que Japón está “cruzando una línea roja que no debe tocarse”. El funcionario chino de mayor rango que se refirió públicamente al tema advirtió que “China debe contraatacar con decisión, no sólo para salvaguardar su soberanía e integridad territorial, sino también para defender los logros de posguerra duramente ganados, asegurados con sangre y sacrificio”. Desde Tokio, el ministerio de Relaciones Exteriores de Japón rechazó el fin de semana las acusaciones chinas, las calificó de “totalmente inaceptables” y aseguró que el compromiso de su gobierno con la paz “se mantiene inalterado”.
A los cruces verbales y misivas diplomáticas se sumaron en los últimos días medidas comerciales para ejercer presión. China suspendió las importaciones de productos marítimos japoneses, instó a sus ciudadanos a cancelar viajes al país vecino y postergó el estreno y la realización de películas niponas. Si la disputa se agrava, el impacto económico —especialmente para Japón, cuyo segundo mayor socio comercial es China con compras por 125.000 millones de dólares en 2024— podría ser severo.
En el plano militar, Japón movilizó aviones de su Fuerza Aérea de Autodefensa el fin de semana pasado, bajo el argumento de que había detectado un dron (presuntamente chino) volando muy cerca de su isla Yonaguni, la más próxima a Taiwán. Además, denunció que buques guardacostas chinos permanecieron horas dentro de las aguas territoriales japonesas en torno a las islas Senkaku/Diaoyu, cuyo control se disputan ambos países.
El estado de situación es crítico y no se avizora una resolución en el corto plazo. El conflicto es de tal magnitud que Takaichi y el primer ministro chino, Li Qiang, coincidieron el fin de semana en la cumbre del G20 en Johannesburgo, pero se evitaron por completo: solo compartieron la foto grupal; no hubo ninguna conversación directa ni gestos de acercamiento.
