Oponerse al presidente norteamericano parece ofrecer más ventajas que problemas frente a la opinión pública española
Desde Sevilla
En España, y también en otros países de Europa, se solía medir el éxito o el fracaso de la política exterior en función de nivel de acercamiento con Estados Unidos. Ya no. Más bien al contrario,
Después de la Segunda Guerra Mundia España se había convertido en un paria internacional al que ni siquiera se le permitió entrar en la ONU pero fue una visita del presidente Dwight Eisenhower a Madrid en 1959 lo que demostró que todo había cambiado. El país seguía siendo una dictadura fascista, pero la lucha contra el comunismo bien valía la pena para el mandatario norteamericano abrazarse al único aliado de Hitler que había sobrevivido tras la contienda.
Años después, Felipe González dio pasos decisivos hacia la modernización del país, lo acabó de democratizar y lo metió en la Comunidad Europea y en la OTAN, pero para muchos lo que más demostraba su éxito era que Ronald Reagan levantaba el teléfono cuando le comunicaban que al otro lado de la línea estaba el presidente socialista.
Poco después, José María Aznar no dudó en formar el trío de las Azores, con George Bush y Tony Blair, cuando se planeó la invasión de Irak. A pesar de que eso dio lugar a las primeras movilizaciones del ‘No a la guerra’ que le acabaron costando las elecciones al Partido Popular, desde el gobierno no se dudó en aquellos días en filtrar una foto en la que ambos presidentes, el español y el norteamericano, aparecían sentados en una reunión con otros mandatarios, ambos con los pies sobre la mesa y en actitud distendida mientras el español fumaba un habano, lo que reflejaba el grado de confianza alcanzado entre los dos y por lo tanto el éxito irrefutable de la política exterior española.
Salvavidas electoral
Ahora, Pedro Sánchez le ha dado la vuelta a la ecuación. Su preocupación no es que parezca que se lleva bien con el inquilino de la Casa Blanca, sino mostrar que se ha convertido en el líder que se ha atrevido a enfrentarlo. Con Trump sentado en el salón oval de la Casa Blanca, oponerse al presidente norteamericano parece ofrecer más ventajas que problemas frente a la opinión pública española. Lo hace en un momento en el que las encuestas le vaticinan un fracaso estrepitoso cuando convoque elecciones, previsiones que las elecciones autonómicas que se vienen celebrando en las diferentes regiones confirman una vez tras otra.
Sánchez pretende, eso sí, plantarse ante Trump sin salirse del sistema de alianzas del mundo occidental y sin provocar una ruptura total. “Entre aliados es bueno ayudar cuando se tiene razón y también señalar cuando se está equivocando o se está cometiendo un error”, dijo el pasado viernes en una cumbre con el primer ministro portugués, Luis Montenegro, celebrada en la provincia de Huelva, en el suroeste de la Península.
Esta misma semana, un día después de anunciar que impediría la utilización para atacar a Irán de la base naval de Rota y de la aérea de Morón, los dos emplazamientos que las fuerzas armadas norteamericanas tienen en el sur de España, decidió enviar una fragata española para defender a Chipre, que fue atacado por proyectiles lanzados por Hezbolá desde Líbano. El objetivo de ese ataque fue una base militar británica situada en ese estado insular, miembro de la Unión Europea.
Detractores
Sus detractores aseguran que se trata de una incongruencia, y que su ‘no a la guerra’ es selectivo. Sin embargo Sánchez argumenta que no es lo mismo un ataque unilateral y sin sustento legal que participar en la defensa de un aliado, miembro de la Unión Europea cuyo territorio ha sido agredido.
Después de fijar su posición rescatando el lema de ‘No a la guerra’ que marcó un punto de inflexión en la política española durante la invasión de Irak en 2003, Sánchez entiende que este compromiso sin matices en la defensa europea es sustancial para evitar que su enfrentamiento a Trump se convierta en un aislamiento que España no puede permitirse.
Enfrentamiento
La confrontación con Trump viene de lejos, pero en los últimos días parece haber llegado a un punto sin retorno. El principal foco de fricción ha sido el gasto en defensa de España, un tema que ha suscitado críticas constantes por parte del presidente estadounidense.
Desde la cumbre de la OTAN en 2014, los aliados se comprometieron a aumentar su gasto en defensa y desde el inicio de este segundo mandato, Trump ha sido muy insistente sobre la necesidad de que ese acuerdo se materializada. En muchas ocasiones lo hizo con afirmaciones que no mostraban ninguna consideración hacia sus socios. Cuando se inició el conflicto de Ucrania, en un acto en Carolina del Sur llegó a decir que si el Kremlin extendiera su agresión a países europeos pertenecientes a la OTAN, no intervendría: “No los protegería. De hecho, los animaría (a los rusos) a hacer lo que les dé la gana. Tienen que pagar sus facturas”.
En esta campaña por conseguir rebajar la aportación de Estados Unidos a la alianza militar mediante un aumento de la contribución europea, el presidente estadounidense se encontró con la resistencia frontal de Sánchez, en cuyos planes no entra un aumento del gasto militar, ya que provocaría una inmediata ruptura de la frágil y multicolor alianza parlamentaria que lo mantiene en el poder y de la que participan partidos que no sólo no aceptarían ese giro, sino que reclaman lisa y llanamente la salida de España de la OTAN.
Por eso, no extrañó que Trump dedicara a España y a su gobierno algunas de las frases más agresivas que se le recuerden a un presidente de Estados Unidos dirigidas a un aliado. Casi como si fuera una obsesión, cada vez que Trump habla de su idea de aumentar al 5% del PIB el gasto en defensa de los socios de la OTAN, siempre lanza alguna crítica hacia España. En junio de 2025, mientras volaba en su avión presidencial, el magnate no se contuvo. “España es un problema, la OTAN está teniendo un problema con ellos, y eso es muy injusto para el resto de los socios”, dijo justo antes de llegar a La Haya para la cumbre de la Alianza.
Aranceles
Allí, incluso amenazó con aumentar los aranceles que tenía planeados para la UE después de que Sánchez dijera que él estaba dispuesto a quedarse en el 2,1% porque creía que con eso podía cumplir con los compromisos de la OTAN. Trump se despachó: “Es el único país que no va a pagar la cantidad completa. Quieren quedarse en el 2%, creo que es terrible”, señaló.
En octubre, después de que el Gobierno español dejara claro una y otra vez que no tenía intención de subir el gasto militar al 5% del PIB —«para eso tendríamos que eliminar las prestaciones por desempleo, enfermedad y maternidad», explicó Sánchez—, Trump volvió a explotar: “España es el único (que no paga), tiene que ser castigada por eso”. Incluso llegó a insinuar que podría expulsar a España de la OTAN, aunque eso no es algo que escapa a su órbita de decisión.
Además del gasto militar, también han tenido diferencias en temas diplomáticos. Trump cree que la postura de Sánchez sobre Palestina, especialmente su reconocimiento como Estado, debilita a Occidente y ayuda a grupos terroristas. Dijo: “Es un premio para Hamás”. También hubo roces por las políticas fiscales que afectan a las grandes empresas tecnológicas estadounidenses.
Ahora, el enfrentamiento entre ambos ha llegado al punto de mayor tensión y no parece que Sánchez vaya a ceder. España es un país en el que sentimiento antinorteamericano suele traspasar las fronteras ideológicas de la izquierda y en el que Donald Trump cuenta con los mayores índices de desaprobación. En junio del año pasado, un informe de Pew Research Center reveló que sólo el 19% de los españoles tenía confianza en que Trump hiciera lo correcto en asuntos mundiales, mientras que un 80% expresó poca o ninguna confianza. El pasado noviembre, el IV Informe del Instituto Franklin-UAH señaló que el 67% de los españoles criticaba la gestión de su administración. Según diferentes informes, el 61,2% de la población española considera que su mandato es perjudicial para la economía española, principalmente por su política de aranceles comerciales. Además, existe una preocupación mayoritaria (75,5% de los españoles según encuestas de enero de 2026) sobre la estabilidad de la OTAN bajo su liderazgo.
Convertirse en una referencia mundial contra el trumpismo no es una jugada ausente de riesgos, pero con unas previsiones demoscópicas catastróficas, Pedro Sánchez, un político que se ha caracterizado por sus movimientos inesperados y por una extraordinaria resistencia ante la adversidad, sabe que tiene poco que perder y, posiblemente, mucho que ganar en esta confrontación en la que ha elegido interpretar el papel de David frente a un Goliat tan poderoso como antipático para la opinión pública española.
