La crisis ya no se mide sólo en gráficos o porcentajes: se siente en el cuerpo. Más horas de trabajo para ganar menos, comedores desbordados y organizaciones barriales que vuelven a ocupar el lugar que dejó un Estado que se retira. Ese es el saldo cotidiano del modelo económico que impulsa el gobierno de Javier Milei.
En los barrios populares, donde la changa, la industria y la construcción son el principal sostén, el ajuste golpea sin anestesia. “Tenemos que trabajar el triple para ganar lo mismo”, resume Romina, cartonera de Villa Rosa, en Pilar, mientras observa cómo el cierre de fábricas empuja a cada vez más familias a las ollas populares.
Los datos oficiales acompañan ese relato, aunque no lo explican por sí solos. El Estimador Mensual de Actividad Económica mostró en noviembre de 2025 una caída interanual del 0,3 por ciento. Un número moderado que esconde una fuerte desigualdad sectorial: la crisis no pega igual en todos lados, y ese desequilibrio ayuda a entender por qué el ajuste recae sobre el empleo y los sectores populares.
Las actividades que más retroceden son, precisamente, las que concentran casi la mitad del trabajo registrado. La industria manufacturera cayó 8,2 por ciento interanual, la construcción 2,3 y el comercio 6,4. En conjunto, esos tres sectores explican alrededor del 45 por ciento del empleo formal del país. En contraste, crecieron con fuerza rubros como la agricultura, la ganadería y la silvicultura, con una suba del 10,5 por ciento, y la intermediación financiera, que avanzó un 13,9. El resultado es un esquema que expande sectores intensivos en capital o ligados al negocio financiero, mientras achica los que generan empleo masivo.
La misma lógica se refleja en el uso de la capacidad instalada. En noviembre de 2025, el promedio general bajó del 62,3 al 57,7 por ciento interanual, confirmando un escenario recesivo. Pero el deterioro es mucho más profundo en ramas sensibles para los sectores populares. La industria textil, por ejemplo, pasó de utilizar el 48,2 por ciento de su capacidad al 29,2, un desplome que anticipa más cierres, suspensiones y pérdida de ingresos en un rubro históricamente ligado al empleo de bajos recursos.
En el territorio, el impacto se vive como una cadena que se retroalimenta. Miguel, referente social de Moreno, lo explica con crudeza: “Bajaron las changas porque suben los materiales. Si no hay construcción, no hay laburo para el albañil, el plomero o el electricista”. A eso se suma la apertura de importaciones, que golpea de lleno a la industria textil. “Se retira el Estado y crecen otros negocios, incluso el narcotráfico, porque la gente que no consigue trabajo termina buscando cualquier ingreso”, advierte.
El empleo formal confirma esa radiografía social. Entre noviembre de 2023 y octubre de 2025 desaparecieron 21.046 empleadores con trabajadores registrados, lo que equivale a unas 30 empresas menos por día. En el mismo período se perdieron 272.607 puestos de trabajo formales, una caída del 2,77 por ciento. Los datos, elaborados a partir de registros de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo y procesados por el Centro de Economía Política Argentina, reflejan cierres de talleres, pymes que bajan la persiana y trabajadores que pasan, de un día para otro, a la informalidad o a la asistencia social.
Romina lo ve todos los días en Pilar. “Cierran fábricas y empresas, dejan a la gente afuera y sin ingresos. Ahí aparecen las ollas populares”, cuenta. Frente a ese escenario, la respuesta no llega desde el Estado sino desde la organización comunitaria. “Cuando el Estado está ausente, la organización barrial está presente”, resume.
En la Ciudad de Buenos Aires, la postal se repite. Mónica, vecina de Los Piletones, en Villa Soldati, trabaja en un comedor comunitario que sirve 800 platos diarios, de lunes a lunes. “La gente tiene que elegir entre pagar el alquiler o comer”, relata. Por primera vez, el comedor tuvo que armar una lista de espera. “Tenemos que decidir a quién darle de comer”, dice, y señala un cambio significativo: familias que antes no necesitaban ayuda y hombres jóvenes que quedaron sin trabajo y buscan, al menos, un plato de comida.
Mientras algunos sectores sostienen el promedio general de la economía, el ajuste vuelve a concentrarse sobre los mismos de siempre. Caída industrial, desplome del empleo, tarifas en alza y encarecimiento del transporte y el gas configuran un escenario que remite a etapas críticas del pasado reciente. En los barrios, la expansión de ferias populares y el fortalecimiento de las redes comunitarias evocan imágenes que parecían archivadas desde 2001.
El modelo económico de Milei, basado en el retiro del Estado y la promesa de que el mercado ordenará la economía, muestra así su contracara social. La crisis no es pareja y, una vez más, el costo lo pagan los de abajo.
