Con largas filas, unidades colmadas y esperas de hasta una hora en las paradas, los usuarios de colectivos del AMBA sufrieron una nueva jornada de reducción en la frecuencia de los servicios. Entre los testimonios en el regreso a casa de los y las trabajadoras hubo quejas por las extraordinarias demoras de este martes y miércoles, pero también por una situación general que “no se aguanta más” y que sólo parece sumar malas noticias: a las demoras ya habituales en el transporte se le suman los aumentos tarifarios y el sueldo que no alcanza. En el medio, la UTA anunció un paro desde las 0 horas del jueves en aquellas empresas que aún no pagaron los sueldos.
Mónica Escobar trabaja en un local de la Avenida Patricios en La Boca. El martes esperó media hora el colectivo que todos los días la lleva a Plaza Constitución, donde se toma el segundo colectivo del retorno, el 28, con dirección a Puente La Noria. Para este miércoles aprendió de la experiencia del martes y decidió caminar las veinte cuadras desde el local hasta Constitución. Allí, sin embargo, ya no tuvo manera de esquivar la espera: una larga fila de unos treinta pasajeros la aguardaba en la parada del 28.
“No se aguanta más todo esto. Ayer fue un infierno, hoy parece que está un poco más tranquilo, pero igual estas filas así de grandes no se ven nunca”, dice Escobar, mientras termina la botella de agua que tuvo que comprar para hidratarse tras las veinte cuadras de caminata. En la parada de General Hornos, a un costado de la estación del Roca, Escobar cuenta que el viaje que normalmente le demora alrededor de una hora y media este martes se le extendió a tres. No entiende cómo “una guerra en la otra parte del mundo hace que tengamos menos colectivos acá”.
En las filas que se dibujan y entremezclan en torno a las paradas del centro de transbordo de Constitución y las calles aledañas, con colectivos que pasan llenos, sin detenerse, no todos están informados sobre las razones de la disminución de frecuencias. Las demoras en los subsidios, los argumentos de las empresas de transporte, los aumentos del combustible derivados de la crisis en Medio Oriente, el cierre del Estrecho de Ormuz y las causas geopolíticas detrás de la disminución de frecuencias parecen cosa lejana para la realidad cotidiana del AMBA.
Jorge Gutiérrez cuenta que en un día normal pasa un mínimo de doce horas fuera de su casa. Trabajador de la construcción, está empleado actualmente en una obra de la zona de Congreso a la que llega todos los días desde Monte Chingolo. Tiene, con suerte, una hora y media de viaje por cada tramo, a lo que se le suma una jornada laboral de nueve horas. El martes, las doce horas totales se transformaron en catorce, y este miércoles al menos consiguió que lo dejaran salir de la obra unas horas antes: “Tuve que pedirlo porque ayer llegué como a las diez de la noche a mi casa; apenas comí, me bañé, me acosté y ya estaba esperando el colectivo de vuelta“, dice.
Gutiérrez remarca que las complicaciones de estos dos días se suman a una base de cansancio y hartazgo sobre la situación general que, asegura, “ya no da para más“: “Imaginate que lo que gano en la obra apenas me alcanza para lo justo; tengo esposa y una hija y vivimos con mi suegra; llegamos justo a fin de mes porque ella también trabaja y no tenemos que pagar alquiler, pero a la nena apenas la vemos porque nos la pasamos trabajando, y ahora encima pasa esto con los colectivos”, señala.
Cerca de las 18 del miércoles, ni él ni el resto de los usuarios saben nada acerca de la retención de tareas que la UTA terminó por anunciar pasadas las 19 30. La medida se aplicará a partir de las 0 horas del jueves en las líneas de las empresas que todavía no abonaron los sueldos de marzo en fecha correspondiente, aunque el gremio no dio precisión sobre cuáles son esas líneas en el comunicado en el que informó de la medida. Allí advirtieron, en tanto, que en los últimos días “los empresarios bajaron la frecuencia de los servicios, generaron un gran malestar en los usuarios y violencia hacia nuestros representados“.
Los usuarios que sí conocen las causas detrás de la medida de las empresas se quejan, sobre todo, de que ni ellas ni el gobierno hayan sido capaces de resolver la situación con anticipación. Ramiro, que espera el 45, advierte que “hace varias semanas que está la guerra y se sabe que la nafta iba a aumentar, y ahora de un día para el otro hacen esto y nos dejan a los laburantes a la deriva“.
Tiene 34 años y es empleado de seguridad en un banco de la zona de la estación. Para volver toma la línea 45 a la zona de Piñeyro, Avellaneda, en un viaje que en un día normal no le demora más que media hora, pero que este martes se le extendió hasta una hora y media: “Estuve esperando una hora ayer, en un momento pensé en tomar el tren y listo, aunque el colectivo me deja a una cuadra de mi casa, pero el tren también anda con demoras y cada vez tiene menos frecuencia… cada vez pagamos más y cada vez funciona peor“, se lamenta.
La queja por las tarifas del boleto se repite en todos los testimonios, unificada con la queja por el servicio. Es que la sensación, para todos, es la misma que expresa Ramiro, tanto para el colectivo, como para el subte, como para el tren: se paga más, se viaja peor. Sofía, que espera el colectivo para ir a la facultad, no sabe “en qué momento naturalizamos que aumente el boleto todos los meses“. ” Si vos me dijeras que tenemos un mejor servicio, ponele, pero yo viajo tanto en tren como en colectivo y no hay ni una mejora. Lo de los colectivos ya lo estamos viendo hoy, pero sobre el tren nadie habla y es un desastre. Todos los meses baja la frecuencia y viajamos apretados como vacas”, sostiene sobre el funcionamiento del tren Roca.
Consultado por los costos diarios de su viaje hasta la obra, Gutiérrez calcula que son alrededor de 4 mil pesos por jornada los que gasta por los cuatro colectivos, dos de ida y dos de vuelta, que se toma. La obra trabaja de lunes a sábados, por lo que los 4 mil se hacen 24 mil por semana, casi 100 mil por mes. Mientras relojea la esquina de Lima Oeste y Brasil a ver si viene el 100 que lo deja a seis cuadras de su casa, dice no tener esperanzas de que el panorama mejore en el corto plazo: “Está todo mal, para los que trabajamos nunca hay nada y nos ponen las cosas cada vez más difícil“.
