Pensar un proyecto económico soberano en la Argentina implica recuperar una premisa básica: la capacidad del Estado y de la sociedad para definir una estrategia de desarrollo acorde a sus intereses nacionales. En ese marco, la pesca constituye un sector estratégico poco aprovechado, a pesar de la extraordinaria riqueza del Mar Argentino y de su potencial para generar empleo, divisas, desarrollo federal y autonomía productiva. Fortalecer esta actividad no es solo una cuestión económica, sino también política y geopolítica.
Argentina posee una de las plataformas marítimas más extensas del mundo, reconocida internacionalmente tras la ampliación de la Plataforma Continental aprobada por la Comisión de Límites de la Plataforma Continental de las Naciones Unidas en 2016. Sin embargo, gran parte del valor generado por la pesca se pierde cuando el modelo se limita a la exportación de productos primarios, con bajo nivel de industrialización, lo mismo que nos pasa con varios recursos naturales. Un proyecto soberano debe priorizar generar valor agregado, el control efectivo de los recursos y el fortalecimiento de las economías regionales vinculadas a los puertos y a la industria pesquera.
Ahora bien, la soberanía no se construye desde el aislamiento. La inserción internacional es una condición necesaria para el desarrollo, pero no cualquier inserción. En un contexto global cada vez más multipolar, diversificar vínculos económicos y comerciales es una herramienta clave para reducir vulnerabilidades y negociar en mejores condiciones.
En este escenario, China aparece como un actor central del comercio mundial y un socio relevante para el sector pesquero. A diferencia de ciertos discursos instalados en el debate público, China no viola tratados internacionales en materia de pesca ni actúa por fuera del derecho internacional. Por el contrario, ha firmado la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR) y participa activamente en organismos regionales de ordenamiento pesquero (OROP).
Confundir la discusión sobre la necesidad de mayor control estatal argentino en el Atlántico Sur con acusaciones infundadas hacia China desvía el eje del problema, con el único objetivo de seguir rindiéndole pleitesías a Estados Unidos. La cuestión central no es quién pesca en aguas internacionales, sino cómo el Estado argentino fortalece su capacidad de monitoreo, control y desarrollo productivo dentro de su jurisdicción, y cómo negocia acuerdos comerciales que beneficien al país. China, en este sentido, representa un mercado de enorme escala y una oportunidad para avanzar en exportaciones con mayor valor agregado, transferencia tecnológica y cooperación científica.
La pesca puede y debe ser un ejemplo de una política exterior soberana: vender productos industrializados, diversificar destinos de exportación, establecer acuerdos basados en la complementariedad y no en la subordinación, y articular comercio con desarrollo nacional. Apostar a China, así como a otros países de Asia, África y América Latina, no implica alineamientos automáticos, sino pragmatismo estratégico y defensa del interés nacional.
En definitiva, un proyecto económico soberano no se declama, se construye. Potenciar la pesca, cuidar los recursos, industrializar la producción y relacionarse con el mundo desde una lógica multipolar es parte de una misma decisión: la de una Argentina que elige su propio camino, defiende sus bienes comunes y construye desarrollo con trabajo, dignidad y autonomía.
