A 43 años de la Guerra de Malvinas, la historia de un formoseño vuelve a emerger con fuerza.
Francisco Martearena, nacido en Ingeniero Juárez, fue parte del conflicto bélico de 1982 y permaneció 74 días en zona de combate, embarcado en el Destructor ARA “Py” (D-27), cumpliendo una tarea clave: asistir heridos y sostener la vida en medio de la guerra.
Hoy, su testimonio revive no solo el frente del Atlántico Sur, sino también el difícil regreso y el dolor del olvido.

De Ingeniero Juárez a la Armada
Francisco Martearena creció en una Ingeniero Juárez pequeña, de calles polvorientas y trabajo desde muy joven.
A los 16 años dejó su pueblo para ingresar a la Armada Argentina, iniciando una carrera que se extendería durante 37 años, hasta su retiro en 2005.
Entró con séptimo grado completo, terminó el secundario mientras servía y se formó como enfermero. Luego se especializó como técnico en anestesia y reanimación, una capacitación que sería determinante durante la guerra.
74 días en el frente de Malvinas
Durante el conflicto bélico de 1982, Martearena fue destinado al Destructor ARA “Py” (D-27).
Mientras el Ejército combatía en tierra, la misión del buque era patrullar, proteger la zona y asistir operaciones navales alrededor de las islas.
A bordo había más de 300 tripulantes.
Francisco era el único enfermero.
Su tarea consistía en atender heridos, estabilizar quemaduras graves y coordinar evacuaciones de emergencia.
“Recibir heridos y ver morir compañeros no fue nada fácil. Eso no se va nunca de la cabeza”, recuerda.

La parte más difícil no fue la guerra
Para Martearena, lo más duro llegó después.
“El regreso fue peor. Yo allá estaba preparado. Pero cuando volví… me despertaba de noche y salía corriendo como si sonara la alarma del combate”, relata.
Durante semanas sufrió las secuelas emocionales del conflicto, algo común entre los veteranos.
“Nosotros estábamos preparados para pelear, no para volver a la vida normal”, afirma.
Un nacimiento en medio del final
Hay un hecho que marcó su vida para siempre.
El día en que Argentina se rendía en Malvinas, nacía su hijo. Ese momento fue una de las razones que lo mantuvieron firme durante el combate.
“Yo tenía que volver. Mi esposa estaba embarazada. Sabía que tenía que sobrevivir.”
La Fragata Libertad y el mundo
Tras la guerra, continuó su carrera naval y tuvo el honor de integrar la tripulación de la Fragata ARA Libertad, participando del viaje de instrucción que lo llevó a recorrer distintos países del mundo.
Durante esa travesía cruzó el Atlántico, visitó América y Europa y vivió experiencias que marcaron su vida. Entre ellas, una que conserva como uno de los momentos más importantes de su carrera.
El día que conoció al Papa
Durante su paso por Italia, en el Vaticano, la tripulación argentina fue recibida por el Papa Juan Pablo II.
Francisco Martearena estuvo allí, en persona, y recibió junto a sus compañeros la bendición apostólica del Sumo Pontífice.
El encuentro quedó inmortalizado en fotografías que aún conserva como parte de su historia personal y profesional.
Para el joven que había salido de Ingeniero Juárez, aquel momento significó algo imposible de imaginar años atrás.
“Venía de un pueblo chico y terminé conociendo al Papa y recorriendo el mundo con la bandera argentina”, recuerda.
El dolor del olvido
Pero la herida más profunda no fue la guerra.
Fue el silencio.
“A nosotros nos escondieron. No nos recibieron como héroes. Nos marginaron”, afirma.
Y agrega algo que lo golpea aún más:
“Me invitaron a Catamarca, Tucumán y Salta… pero mi propio pueblo nunca me invitó.”
Un mensaje para las nuevas generaciones
A pesar de todo, Martearena deja un mensaje claro para los jóvenes:
“Que se superen. Que estudien. Yo entré con séptimo grado y me capacité toda la vida. Eso me permitió servir a la patria y salir adelante.”
Un héroe formoseño que merece reconocimiento
Francisco Martearena salió de Ingeniero Juárez siendo adolescente.
Combatió en Malvinas.
Asistió heridos en plena guerra.
Recorrió el mundo con la Armada Argentina.
Conoció al Papa Juan Pablo II y recibió su bendición.
Y hoy, más de cuatro décadas después, aún espera ser reconocido en su propia tierra.
Este 2 de abril, su historia vuelve a decir presente.
No como un recuerdo, sino como una deuda pendiente. 🇦🇷
