domingo, junio 16, 2024

El “exilio” de Guillermo: sus charlas con Macri, la espina de Boca, la sombra de River y cómo es su vida en Los Ángeles

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Es el padre de una familia feliz, que encontró en Los Ángeles su lugar en el mundo. Guillermo Barros Schelotto, a los 47 años, tiene otra prioridad, más allá del fútbol: disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.

Se hizo un nombre cuando jugó durante tres temporadas (de 2007 a 2010) en Columbus Crew y se enamoró de la calidad de vida de los Estados Unidos. Su mujer Matilde y sus hijos Máximo, Nicolás, Santiago y Lucas se sienten tan cómodos, que rechazó días atrás la posibilidad de ser el entrenador del seleccionado de Ecuador. Era el candidato número 1. El proyecto era ambicioso, porque pretendía potenciar el fútbol juvenil, pero el placer de la vida en Los Ángeles inclinó la balanza. Es una decisión familiar, más allá del fútbol. Vive en una suerte de barrio privado, lejos de las luces.

No es un proyecto para toda la vida, pero se siente pleno. Su próximo desafío es Europa, tal vez en Napoli, como imaginó alguna vez. “El equipo de Diego, ahí me gustaría dirigir”, contó tiempo atrás. Su paso por Palermo (estuvo durante un mes en 2016) fue traumático: duró un suspiro por un asunto de papeles. Su deseo es volcar su carrera en la Serie A: pero tiempo al tiempo. La prioridad, hoy, es el bienestar familiar. Habla inglés correctamente. Le agrada correr en soledad. Es una pasión que lo libera, lo hace pensar más allá de la pelota.

No se mueve de la casa. Un día convencional -más allá de los embates de la pandemia- se nutre de la práctica rigurosa, de la estrategia y la táctica en el club -el Galaxy es un gigante de Estados Unidos- e inmediatamente vuelve a su hogar. Es muy familiero, suele compartir largas horas de pasiones caseras sin una sola pelota. Extraña a los amigos de la infancia de La Plata: es lo que más lo conecta con nuestro país.

En realidad, sigue el día a día de Gimnasia. Y de Boca, sobre todas las cosas. “Se entera de todo”, cuenta un allegado a su intimidad. Un par de veces intercambió mensajes con Román Riquelme, vicepresidente de la entidad de la Ribera, por el futuro de Cristian Pavón, que lleva la camiseta número 10 y es una de las figuras de un equipo que avanza: suma tres victorias seguidas en la Conferencia Oeste. Le interesan dos jóvenes xeneizes que conoce bien: Almendra y Obando, que no suelen ser la prioridad para Miguel Russo.

Su salida fue traumática, dolorosa. Apenas convirtió Pity Martínez el tercero en el Bernabéu, sintió que cerraba con candado su historia de afecto con la Bombonera. “Estaba tan ilusionado de ganar ese partido, que el derrumbe fue total. El creía que ganar esa final habría sido el pedestal: por encima de Riquelme, de Palermo, de Rojitas. Jugaba en su cabeza el ser el máximo ídolo de Boca. Y tomó la postura de irse en paz, como él mismo mencionó. Todo eso que siente, lo tiene guardado. Nunca lo va a decir, pero la vuelta de Tevez le descompaginó todo lo que tenía armado. Lo aceptó, pero la convivencia no fue fácil. El Apache le ponía mala cara si no jugaba”, describe otra persona de confianza. La estructura y su liderazgo, comenzaron a resquebrajarse.

“Nadie nos supera. Y un episodio no me va a cambiar. Ni perder con River.”, exclamó en abril de 2018. La banda roja marcó su carrera como entrenador xeneize, más allá de los dos campeonatos locales y un estilo agresivo que daba gusto. En diciembre de ese mismo año, Daniel Angelici anunció su salida en una charla traumática con los medios, cinco días después de la derrota con River en la final de la Copa Libertadores. “Hoy prefiero evitar preguntas, quiero irme en paz, en algún momento nos volveremos a cruzar. Les quiero agradecer a la dirigencia, a los empleados del club, a los jugadores y al hincha fundamentalmente por cómo me trató durante estos tres años. Fueron increíbles”, fueron sus palabras.

Dos meses más tarde, voló a Los Angeles. Precisaba escapar del dolor. La MLS es una liga en crecimiento y dirigir a Zlatan Ibrahimovic fue un enorme desafío. “Es lo mejor que he hecho en mi vida. Vengo con tranquilidad, mis hijos van a la escuela sin problemas, salimos a comer, la gente me trata con respeto. Si perdemos, te alientan igual. Si quieren un autógrafo, esperan el momento indicado y lo piden con respeto. Evidentemente aquí hay una calidad de vida que no se encuentra en otros lugares”, contó, tiempo atrás.

Antes de la pandemia, solía concurrir al Staples Center para disfrutar de Los Angeles Lakers, hoy mezclados en la burbuja de la definición de la NBA en Orlando. “Tanto a mí como a mi familia nos atrae vivir aquí. Los Ángeles es una ciudad espectacular”, insiste, cuando se lo consulta.

Está identificado con Mauricio Macri: suele conversar por celular con el ex presidente de la Nación. Y no sólo de fútbol. Son amigos. Sabe, entonces, que una revancha en la Ribera parece un sueño a largo plazo. No tiene buena energía con la mayoría de las autoridades de hoy, aunque mantiene un profundo respeto por Román.

No le gusta perder. Le ocurrió dos veces en la MLS, en donde las presiones son un espejismo. Dos sorpresivas eliminaciones con un equipo con pergaminos, pero no le da igual: se enoja, sobre todo, con él mismo. “Estamos construyendo el equipo. Hay ciclos en la vida en los que uno va despacio y otras veces, hay que ir más rápido. Siempre voy a querer pelear y ganar los partidos, pero sabemos el lugar en el que estamos y a dónde queremos llegar. Lo tenemos bien claro. Las expectativas siempre son altas, pero a veces surgen problemas. Estamos apostando por los jóvenes, la idea es construir algo grande. Uno no sabe cuándo va a ocurrir, porque el fútbol no siempre dos más dos es cuatro. Pero lo vamos a conseguir”, analizaba, antes de la reacción del equipo. Hoy, está quinto, entre 12 participantes del Oeste. “Ahora creemos que todo es posible”, se entusiasma. Respaldado por los laderos de siempre: Gustavo, su hermano, Ariel Pereyra y Javier Valdecantos.

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