El agónico tanto del ecuatoriano valió el título de la tabla anual, cuando parecía que el festejo se iba para Rosario.
Boca ganó el primero de los cinco títulos que tiene por delante. Y sigue yendo por todo: lo esperan la Copa Sudamericana (dentro de dos sábados juega la final ante Atlético Mineiro en Barranquilla), la Copa Argentina, el Torneo Clausura y eventualmente, el Trofeo de Campeones.
De los 63 puntos que Boca recaudó a lo largo de los treinta y dos partidos de la temporada, treinta corresponden al ciclo de Claudio Ubeda como técnico y y el resto a Rodolfo Arruabarrena, el entrenador que en este segundo semestre, ajustó las piezas que estaban flojas, le dio cabida a juveniles prometedores como Tomás Aranda (que reapareció luego de un parate por lesión de setenta y dos días), Leonel Flores y Facundo Herrera y se respaldó en la experiencia y la autoridad de Leandro Paredes para ordenar el equipo dentro y fuera de la cancha y hacer una campaña en la que perdió apenas dos partidos (Riestra y Vasco da Gama) de los últimos veinticincó que disputó.
Boca jugó mal, lanzó demasiados centros y hasta dio la impresión que ha perdido volumen de juego. A puro empuje terminó desbordando a Defensa, que había manejado la pelota en el primer tiempo, había tenido las mejores situaciones, pero que no pudo tolerar la presión que bajó desde todos los rincones del viejo estadio de la Ribera en el segundo tiempo. Terminó con el arquero Montero de libero, con una doble punta de lanza (Valencia y Merentiel) y con los centrales Di Lollo-Herrera parados como faros en el medio del área del Halcón para cabecear el vendaval de centros que Lozano y Blanco dispararon desde los costados.
Cuando era un hecho que el campeonato se le escurría de las manos, cuando se quería pero no se podía, el destino, la historia, la épica, vaya saberse qué, volvió a aparecer en la Bombonera. Y Boca, después de tres años, volvió a gritar campeón. El campeón de la agonía y el extasis.
