En conferencia de prensa, el presidente de River, el coordinador del fútbol y el entrenador se mostraron unidos. Chacho habló de “un proceso que en River es insostenible en cuanto a los resultados”.
Pasó lo que se presagiaba. Se fue Eduardo “Chacho” Coudet de River. La eliminación de la Copa Sudamericana ante Independiente de Santa Fe fue la gota que rebalsó el vaso y colmó la paciencia de los hinchas. Lo que había empezado como un sueño se desmoronó rápidamente. Duró 176 días. El anuncio del final fue a través de una breve conferencia de prensa (de 10 minutos), acompañado por Stefano Di Carlo y Enzo Francescoli. Sin entrar en detalles, la introducción estuvo a cargo del presidente de la institución riverplatense, que dejó en claro que la salida se dio por propia voluntad del ahora exentrenador, quien les manifestó que iba a dar un paso al costado.
“Creemos que el compromiso, el trabajo, la disciplina y el respeto del Chacho merecían cerrar acá. De nuestro lado es comunicar simplemente la decisión que hemos tomado de común acuerdo con lo que nos expresó el Chacho, y creemos que esta forma es mostrarse de manera agradecida por lo que hizo como DT y también como jugador, que es lo que corresponde”, expresó Di Carlo, antes de pasarle la posta a Coudet, quien lucía una gorra negra, una chomba del mismo color y un semblante más relajado, y seguro de que ya no debería escaparse de sí mismo, porque de nada sirve, decía Moris.
El Chacho fue escueto y explicó lo evidente. “Había un proceso que en River es insostenible en cuanto a los resultados”. Sin buscar chivos expiatorios para este mal momento que atraviesa la institución de Núñez ni argumentar desde la mala suerte, malos arbitrajes o comentaristas designados, no dejó de reconocer que fue el “primero en ponerse plazos”, además de admitir que no alcanzó a encontrar el ADN futbolístico de un club que demanda no solo buenos resultados. “En este club hay que ganar y jugar bien”. Sobre el boleto de salida que significó el partido de la Sudamericana, no arribó en argumentaciones tácticas, solo dijo que “era un partido para golear y terminamos sin clasificar”.
Tampoco objetó el trabajo realizado por la dirigencia y reconoció el prestigio que adquirió el equipo con los refuerzos. Lease el arribo de Thiago Almada, Ángel Correa y Nicolás Otamendi. “Armamos un gran plantel que en el tiempo va a dar muchas alegrías”. Una lectura posible frente a esto es que quizás no tuvo las suficientes horas para trabajar en algo a largo plazo, pero sería un error de planteo en la tiranía de lo efímero y los éxitos. Gano, luego existo. Y el cierre, en modo dolinesco –quien decía: “No se puede hacer de la derrota deportiva una cosa culposa. ‘¿Y quién es el culpable?’. No hay culpables en la derrota en el fútbol, porque no es un delito ni es una falta moral”–, el DT sostuvo: “Esto es fútbol. A veces las cosas salen así”.
El Chacho se va de River con 26 partidos dirigidos, de los cuales ganó 13, empató 5 y perdió 8. Algo que se resume con un primer semestre que ilusionó por la cantidad de victorias que consiguió y por un juego vertical, incisivo, que lo terminó depositando en la final del campeonato con Belgrano. Pero ese partido fue un antes y un después. La derrota y coronación del Pirata inició el kilómetro cero del karma, el principio del fin. El segundo semestre fue de mal en peor: eliminación en 16avos de Copa Argentina ante Aldosivi, cinco partidos sin ganar ni hacer goles y el knock out en los octavos de la Sudamericana. Ahora, la transición hacia nuevos horizontes. La danza de nombres. Será Ramón Díaz, Hernán Crespo, Pablo Aimar… ¿Quién da más?
